
OVIEDO
Las cuevas de La Lluera I y II, cerca de Priorio; la de Las Caldas; el abrigo de La Viña en La Manzaneda, o el pico Berrubia, cerca de Les Escobadielles, en Olloniego, declarados Bienes de Interés Cultural (zonas arqueológicas), prueban la prehistórica presencia del hombre en tierras ovetenses.
Primero,
se asentaron en las cercanías de los cauces fluviales,
importantes como el Nalón o más modestos como el Gafo,
arroyo de Vaqueros, reguero de Quintes, etc. Más tarde
(Paleolítico Superior), ante la rigurosidad del clima, se
alojaron en cuevas, dejando vestigios de su vida diaria
(comida, arte mobiliar y parietal). El abrigo de La Lluera I
(solutrense) enseña, grabado en las paredes, un gran e
interesante número de figuras animales (caballos, uros,
ciervas, cabras...), especialmente en la llamada Gran
Hornacina de la pared izquierda; en el de La Lluera II
(próximo a la I), por el contrario, los muros presentan
signos más bien triangulares, interpretados como símbolos
sexuales femeninos. La cueva de la Viña, en pared exterior
de aproximadamente veinte metros, expone un buen número de
grabados a buril, como ciervos, bóvidos, caballos o vulvas;
la representación de un caballo en un hueso recortado y
grabado por las dos caras es un destacadísimo hallazgo
correspondiente al arte mueble. Más adelantados en el tiempo
son los petroglifos (grabados sobre piedra obtenidos por
descascaramiento o percusión) del pico Berrubia.
José Manuel González, investigador comprometido con la
antigüedad ovetense, halló en este término municipal 16
castros, dispersos casi por todo el territorio, pero,
mayormente, focalizados en los valles del Nalón, Nora y
Trubia y en las partes inferiores del monte Naranco; todos
ellos eligieron un asentamiento idóneo en cuanto visión del
terreno y a su defensa, completada con taludes, muros y
fosos. En estos poblados había una organización social más
compleja. Mientras unos parecen remontarse a época
prerromana, otros tal vez se hayan erigido en época romana.
Lo cierto es que llegaron a coincidir en el tiempo con las
villae romanas.
Y, como no podía ser de otra manera, la ciudad de Oviedo
tuvo un principio. En el siglo VIII un presbítero llamado
Máximo llega a la colina Ovetus en compañía de sus
servidores y elige como retiro espiritual un lugar
solitario, sin dueño y lleno de maleza. Posteriormente, ya
junto con su tío, el abad Fromestano, y tras haber allanado
y desbrozado el terreno, procede a la erección de un
convento en honor a San Vicente, a partir del cual nace la
ciudad de Oviedo el 25 de noviembre del año 761. Más tarde
se incorporarían el también presbítero Montano y unos
veinticinco miembros más de la Orden. La capital empezaría a
dar sus primeros pasos a partir del asentamiento de colonos
en torno a dicho monasterio. El rey Fruela I (757-768)
ordenó construir, en las cercanías del convento, un templo
bajo la advocación del Salvador y un palacio, en el que se
refugiaba para descansar y donde vino al mundo su hijo
Alfonso II, el Casto, quien no sube al trono, por diversos
contratiempos, hasta el año 791, casi tres lustros después
de la muerte de su progenitor. Este monarca dispuso el
traslado de la Corte de Cangas de Onís a Oviedo —que se
afianza como tal en el año 794— y comienza a imprimirle
personalidad urbana, contribuyendo a su engrandecimiento.
Alfonso II (791-842) ordena la erección, sobre el lugar
ocupado por la anterior, de una nueva basílica consagrada al
Salvador y a los doce Apóstoles, punto de partida de la
presente Catedral y sustituta de la que se había levantado
por decisión de su padre, arruinada por las acometidas de
los árabes entre los años 794 y 795. En el año 808, tal vez
para recordar la consagración del nuevo templo, Alfonso II
dona a la Catedral de Oviedo la Cruz de los Angeles, escudo
de Oviedo y la diócesis, y una de las joyas de la Cámara
Santa catedralicia. Bajo su reinado, la posterior
construcción de varios palacios, iglesias (Santa María, con
el Panteón Real, San Tirso y la Cámara Santa) giró alrededor
de esta basílica, a la que transformó en un importante foco
de atracción para el mundo cristiano del norte. En el
capítulo de las infraestructuras le cabe el mérito de
equipar, con un acueducto para el suministro del agua y la
correspondiente muralla defensiva, este conjunto
arquitectónico, en torno al cual irán surgiendo modestos
barrios poblados por servidumbre, artesanos, soldados y
gentes de otras ocupaciones, que dinamizan el acontecer
diario del primer núcleo urbano. En cambio, la iglesia de
San Julián, que aún hoy mantiene una buena parte de su
personalidad original, se elevó algo alejada del mismo, al
norte, superando escasamente el kilómetro de distancia.
Tras la muerte en el año 842 de Alfonso II, le sucede Ramiro
I (842-850), a quien se debe la erección en el monte Naranco
de la iglesia de Santa María. Este monarca, como a
continuación Ordoño I y Alfonso III el Magno (866-910),
mantienen la Corte en Oviedo, lo que ayuda a su crecimiento
urbanístico y a su florecimiento arquitectónico.
Alfonso III, político experimentado y militar brillante,
quien junto con su esposa Ximena ofrece a San Salvador la
Cruz de la Victoria —tallada en el castillo de Gozón y hoy
integrante de la bandera del Principado—, renuncia a la
soberanía del expansionado reino —que se extiende ya por
Asturias, León y Galicia— en favor de sus hijos ante la
insurrección, en el año 910, de uno de ellos, García —quien
marcha a León—, y las presiones familiares. Pero antes de
todos estos hechos Alfonso III había aportado a la ciudad
nobles construcciones, entre ellas la superviviente fuente
de Foncalada, a la que la Unesco declaró en 1998 Patrimonio
de la Humanidad. El Reino asturiano entonces se disgrega,
transformándose en tres señoríos: el de Oviedo va a parar a
Fruela II; el de León, gobernado por García, y el de
Galicia, por Ordoño. Al recibir Alfonso IV, en el año 931,
los estados de Asturias —recordemos que Fruela II había
heredado el trono leonés tras la muerte de sus hermanos—, la
Corte se traslada definitivamente a León. Oviedo y con él el
Reino de Asturias ceden el protagonismo a León. No obstante,
los reyes visitan de vez en cuando tierras astures y acuden
a la iglesia de San Salvador, que durante el s. XI se
convierte, al igual que sucede con la de Santiago de
Compostela, en un lugar de peregrinaje muy importante, cuyo
efectos se dejan sentir en la vida urbana, que cobra nuevos
bríos. En el año 1075 Alfonso VI viene a Oviedo, con una
comitiva real en la que figura el famoso Cid Campeador,
Rodrigo Díaz de Vivar, y otorga a la ciudad los primeros
Fueros, ahora desaparecidos, que luego corrobora y aumenta
Alfonso VII, su nieto. Más tarde regala el palacio edificado
por Alfonso III a fin de transformarlo en el hospital de San
Juan, entregado a la atención de pobres y peregrinos.
Siguiendo el periplo histórico, hay que adentrarse en el s.
XII y detenerse en sus comienzos para hacer referencia al
obispo Pelayo, figura eclesiástica relevante, en cuyo tiempo
de mandato se alumbró el Libro de los Testamentos, uno de
los mejores exponentes de la pintura románica. Es en esta
centuria cuando se llevan a cabo trabajos en la iglesia del
Salvador y en lo que hoy se conoce como Cámara Santa y
antiguamente capilla de San Miguel.
La profunda religiosidad popular de estos años intensifica
las peregrinaciones; y con ello va afianzándose un activo
componente burgués que extiende sus tentáculos a los tres
pilares básicos en que se apoya todo el empuje, toda la
pujanza de la urbe: el comercio, la artesanía y el mercado.
Uno de
los acontecimientos trascendentes que se producen por
entonces es la concesión efectuada por Alfonso VII a Oviedo,
en 1145, del Fuero, que, según la opinión experta de Juan
Ignacio Ruiz de la Peña, señala el paso de la «ciudad
episcopal a la «ciudad mercado», y la «confirmación y
consolidación del "concejo" o asamblea vecinal frente al
poder eclesiástico y nobiliario» (Javier Rodríguez Muñoz).
El Fuero, que confirma a Oviedo como ciudad de realengo,
establece varias disposiciones, sobresaliendo entre ellas la
concesión del estatuto de ciudadanos libres a cuantos
fijasen su residencia en la urbe, o la exención a los
ovetenses del abono de tributos por la circulación de
mercancías entre el mar y León. A pesar de todo, la Iglesia
mantendrá, en época medieval, gran influencia a nivel
social, político y económico; de ahí que las disputas entre
los poderes político y eclesiástico estuviesen a la orden
del día.
Con el rey Alfonso IX, Oviedo asiste a la regularización del
régimen municipal, y a otras medidas sin duda beneficiosas,
como la entrega a la ciudad del alfoz de Nora a Nora, la
erección de un recinto amurallado que no se culminaría hasta
tiempos de Alfonso X, o la concesión del mercado semanal a
celebrar los lunes, cuyo cambio a los jueves fue una
decisión de los Reyes Católicos.
Con el transcurrir del s. XIV se hace evidente que la
Catedral no tiene capacidad para acoger el gran número de
peregrinos que la visitan movidos por la devoción y las
indulgencias que se otorgaban. Por tanto, en el último
cuarto de la centuria dan inicio las obras para la erección
de una nueva capilla mayor; en el siglo XV continúan las
mismas, aunque esta vez para la construcción de pórtico,
naves y capillas. Pero lo cierto es que la Catedral siempre
pasó por remodelaciones y ampliaciones.
El rey Juan I, en 1388, funda el Principado de Asturias,
título inaugurado por el infante don Enrique, hijo de aquél,
y que desde entonces corresponderá a los sucesores a la
Corona; Oviedo se convierte, entonces, en la capital del
Principado. Al tiempo surgía la Junta General del
Principado, institución de derecho público que como Junta de
Concejos funcionó con carácter permanente en el Principado
de Asturias desde mediados del siglo XV hasta 1834, año en
que se dio paso a las Diputaciones Provinciales. Pues bien,
dicha Junta, que regula sus sesiones cuando el s. XV llega a
su fin, se reunía en la sala capitular de la Catedral.
Oviedo es ya por entonces y lo será hasta hoy protagonista o
parte interesada y/o afectada en los acontecimientos de toda
índole que se produzcan en lo sucesivo. Como sería imposible
enumerarlos todos, se seleccionan algunos de los más
significativos.
Dos sucesos quedan para el triste recuerdo: uno, en la
nochebuena de 1521, cuando un incendio se inicia en la calle
Cimadevilla y se prolonga por el casco histórico provocando
cuantiosos perjuicios en las casas, dado que éstas se
construían básicamente con madera. El otro despidió
fatídicamente el siglo XVI: en 1598 y 1599, una epidemia de
peste, junto a la nada recomendable compañía del hambre,
segó gran cantidad de vidas.
Sin embargo, el s. XVII comenzó con buen pie: el feliz
alumbramiento de la Universidad, cuya creación se debe a la
decisión fundacional del asturiano Fernando de Valdés Salas,
Arzobispo de Sevilla, Gran Inquisidor General, Presidente
del Consejo de Castilla y redactor del Indice de libros
prohibidos (1558), expresada en su testamento y puesta en
ejecución cuarenta años después de su muerte, acaecida en
1568. Efectivamente, después de haberse expedido la Bula de
erección por el Papa Gregorio XIII, el 15 de octubre de
1574, confirmada por Real Cédula de Felipe III, de fecha 18
de mayo de 1604, la Universidad de Oviedo inició sus
actividades en la calle San Francisco el 21 de septiembre de
1608. Los estudios que impartía inicialmente se encuadraban
en las Facultades de Artes, Teología, Cánones y Leyes, que
acogían a menos de un centenar de estudiantes
—concretamente, 57.
El Oviedo de la Edad Moderna, como afirma el historiador
Javier Rodríguez Muñoz, «se convierte en el centro político
del Principado y lugar inexcusable para quien quiera seguir
de cerca la actividad pública. Allí reside el gobernador,
corregidor o regente, y se reúne la Junta General».
Un breve repaso al siglo XIX trae a la memoria, por ejemplo,
que Oviedo fue la primera de las capitales de provincia en
declarar la guerra a Napoleón, determinación que toma la
Junta General del Principado en la noche del 23 al 24 de
mayo de 1808, obligada por la presión popular. Las intrusas
tropas francesas fueron rechazadas, tras tener sometida la
ciudad durante un año. Los carlistas hacen acto de presencia
en 1833 y sobre todo en 1836, año en que Oviedo es tomado
efímeramente por la columna del general Gómez en el mes de
julio, aunque hay que decir que las operaciones del carlista
Sanz tuvieron mayor virulencia; la resistencia de los
ovetenses explica el calificativo de «Benemérita» que figura
en el escudo de la ciudad. Otras fechas señaladas son: 1854,
año de fuerte tensión política que propició la aparición del
Manifiesto del Hambre, del marqués de Camposagrado, o la del
12 de noviembre de 1873, correspondiente a la proclamación,
sin incidencias, de la I República en Oviedo, tan sólo un
día después de que la validaran las Cortes en Madrid.
Ya en este siglo, hay que referirse a los sucesos bélicos
que tienen lugar durante la revolución de octubre de 1934,
protagonizada por los mineros de la Cuenca —descontentos con
sus miserables condiciones de vida—, que dejan asolada buena
parte de la ciudad; resultan incendiados, entre otros
edificios, el de la Universidad, cuya biblioteca guardaba
fondos bibliográficos de extraordinario valor que no se
pudieron recuperar. La Cámara Santa, por su parte, fue
dinamitada.
A causa de la guerra civil desatada en 1936, la capital, que
se suma al denominado Alzamiento del 18 de julio, con el
coronel Aranda encabezándolo, resiste largo tiempo el cerco
al que la someten tropas de la entonces vigente República,
del que sale prácticamente convertida en un montón de
escombros: tres cuartas partes del caserío se vinieron abajo
durante ambos conflictos. A partir de 1941 la ciudad
comienza a resurgir de sus cenizas una vez que se acoge al
Plan de Urbanización o de Reconstrucción Nacional de
Valentín Gamazo, dominado por la ideología de aquel tiempo
que aspira a crear una ciudad «orgánica, completa y
cerrada». En 1955 se consigue para el casco antiguo su
declaración de zona monumental. Tras una prolongada etapa
franquista, llegan las primeras elecciones democráticas,
celebradas el 3 de abril de 1979.
El 24 de septiembre de 1980 se asiste a la gestación de la
Fundación Principado de Asturias, que, además de buscar un
cálido y permanente contacto con el heredero de la Corona,
se ha marcado como objetivo, con los Premios Príncipe de
Asturias por ella instituidos en 1981, ensalzar los valores
humanos y científicos que sirvan para estrechar lazos entre
todos los pueblos del mundo, con especial querencia hacia la
comunidad iberoamericana. El Teatro Campoamor, cada año por
el mes de octubre, reúne a deslumbrantes personalidades para
premiar a los distinguidos en 8 apartados: Comunicación y
Humanidades, Investigación Científica y Técnica, Artes,
Letras, Ciencias Sociales, Cooperación Internacional, de la
Concordia y Deportes.
En 1992, con Gabino de Lorenzo como alcalde-presidente del
Ilmo. Ayuntamiento de Oviedo, se inaugura un Plan de Obras
que remodela edificios, plazas públicas, peatonaliza el
casco antiguo y algunas calles del ensanche.... Estos planes
de choque aún continúan, tutelados por el mismo y máximo
regidor ovetense.
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